Por el Profesor Francisco Melara
“La devoción al Sagrado Corazón bien entendida no puede hacer sino mártires”.
( Beata Luisa Teresa de Montaignac )
El mes de marzo se nos presenta este año con la oportunidad de recorrer, desde su inicio, un tiempo de preparación cuaresmal hacia la conmemoración del Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo. A esto nos invita el papa Francisco dándole sentido a este tiempo con el título de su mensaje para la Cuaresma 2022:
«No nos cansemos de hacer el bien; porque si no desistimos, cosecharemos a su debido tiempo. Ya que tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos». (Gal 6,9-10a).
Estas palabras de san Pablo que nos invitan a hacer el bien a todos, hacer el bien universal, el más grande bien, nos conectan con las de Jesús que profundizan su sentido: “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Juan 15,13).
Esto es de lo que precisamente dieron testimonio los mártires de El Salvador, entre quienes destacan el protomártir, y ahora beato, P. Rutilio Grande; y san Óscar Romero, quienes hicieron su oblación última en un mes de marzo, de 1977 el primero y tres años después, en 1980 el segundo.
Es la forma perfecta cómo Dios nos muestra su voluntad para nosotros: quiere que vivamos con Él su Pascua, haciendo el bien a todos, el mayor bien que es amar hasta el extremo de entregar la vida. Y para completar, no nos da uno sino dos ejemplos en estos acontecimientos martiriales.
En este difícil momento de nuestra historia en el que no solo hemos sufrido el golpe de la pandemia del Covid-19, sino que ésta ha profundizado las condiciones de injusticia y desigualdad que sufren grandes mayorías; parece que se imponen la desesperanza, la muerte. Sin embargo, las palabras de san Óscar Romero nos devuelven al sendero:
“Esto me llena a mí de mucha esperanza, porque el Corazón de Jesús es el símbolo del amor infinito de Dios mostrado en Cristo hacia los hombres. (…) del misterio que está a la base de nuestra fe y de nuestra esperanza: el misterio de Cristo, misterio que no es otra cosa que el amor infinito, el proyecto infinito de Dios para salvar a los hombres, elevarlos y hacerlos con Él, una sola familia. Peregrinamos entre las vicisitudes de la historia. Hay el peligro de que nos vayamos quedando instalados en la tierra y olvidemos ese llamamiento amoroso de un Padre que nos espera con los brazos abiertos y que no sólo nos espera, sino que nos está dando para el camino nada menos que a su propio hijo, a Jesucristo”. (9 de septiembre de 1979).

